Ruega por nosotros, los pecadores......

   ¡Santa María!, ¡Madre de Dios!, Ruega por nosotros, tus hijos, los pecadores, aquí en la tierra..... Así empezaba a rezar mi mente cuando aquella gentil mujer nos ofreció visitar el interior de la Ermita de la Rogatoria.

   Una vez más los despertadores llaman a zafarancho, mochilas llenas, agua, barritas, mapa y el pecho lleno de ilusión y ánimos, ponemos la radio en la Sharan y camino a Inazares.

 

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   Hoy no es un día cualquiera, no es una salida más, no es otra ruta que quede en el recuerdo anodino del paso del tiempo, hoy es la puesta en ruta de la nueva bici de mi compañero Fernando. Azul eléctrico, blanco áureo, carbono por donde la vista pase, componentes hidráulicos,conformando un todo precioso, que invita a motar y montar. La subo con cuidado a la furgoneta y la instalo paralela a mi compañera ya con algo de polvo en sus ejes y algún kilómetro que otro en sus amortiguadores.

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   Al llegar a Inazares nos hicimos una foto de recuerdo en la fuente y comenzamos la ruta por un camino muy bonito que discurre a la par de una rambla que cicatriza un paisaje pedregoso muy interesante. Justo en ese primer kilómetro vimos una granja particular en la que habían caballos y burros con un pelaje muy bonito y brillante. El paisaje nos regalaba campos labrados con pinadas de laricios, donde todo tipo de pajarillos hacían las delicias de nuestros oídos con sus trinos y cantos. Unas perdices levantaron el vuelo a nuestro paso y algunos cuervos de porte no muy grande graznaron para darnos la bienvenida a aquellas tierras.

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   Nuestra primera referencia de que la ruta era la correcta fue un lavadero restaurado, a la par que seco, rodeado de leñas centenarias que nos hicieron abrir la boca de asombro y acercarnos a tocar esas cortezas que guardaban en su interior muchas jornadas de frío, nieves, vientos en todas las direcciones, días de calores insoportables, brisas mañaneras, rocios y escarchas. 

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 Allí verificamos la ruta y seguimos rodando. Fueron momentos en los que la conversación se basa en el estado físico en el que ambos nos encontrabamos después de un mes en el que apenas habíamos tocado la bicicleta, pero no por ello dejamos de dar pedales y hacer que el cuenta kilómetros se ganara el pan.

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   Nuestra vista iba registrando muchos tesoros botánicos y ornitológicos, las composiciones paisajísticas eran nuevas y no tenían ángulos que pudieran desmerecerlas, mirásemos hacia donde mirásemos las peñas, los barrancos, las ramblas, los campos y las pinadas eran una esquisitez digna de ser vista y que obligatoriamente hacía que el ritmo se convirtiera en un paseo. Los cortijos salpimentaban la comarca, unos derruidos por completo, otros reconvertidos en pabellones de caza, los menos en alojamientos turísticos pero todos ellos daban evidencia de que antaño fue una zona de montaña muy habitada, en la que a pocos minutos de cabalgadura había un vecino que pudiera auxiliar o alegrar las jornadas.

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   Hicimos una variación a la ruta fijada en el libro que nos servía de guía, ya que teníamos que discurrir por una rambla de arenas muy sueltas que mordían las ruedas de nuestras bicis en exceso y preferimos rodar por la pista que ondulaba paralela a ese cauce seco, que al fin y al cabo era de corta duración.

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   Pudimos parar a verificar nuevamente nuestra ruta en unas terrazas llenas de nogales o nogueras, salpicadas de albercas, que nos hicieron pensar cuan bonito debería ser ese paisaje cuando el verde de la hojarasca abrigara a todas esas baras que se alzaban tan iniestas. Cuando el verdín herbáceo tapizara los terrones y las florecillas silvestres invitaran a todo tipo de insectos a libar de sus néctares.

    Llegamos a un punto donde la ruta se hacía más exigente pues las subidas se iban notando y deberíamos llegar a un punto en el que según nuestra fuente, había que descabalgar y hacer un tramo a pie. No fue así, pusimos todo nuestro empeño y a golpe de riñón logramos superar unos doscientos metros de dura y empinada cuesta que nos catapultó a una senda en la que descendimos a una velocidad máxima de cuarenta y seis kilómetros por hora y donde los saltos, piedras y curvas hacían que todos los sentidos estuvieran en alerta máxima. Este descenso hizo disfrutar a mi compañero pues sus sensaciones fueron diferentes a las que estaba acostumbrado y al llegar al final de la bajada, que por cierto se hizo larga, esbozó una sonrisa en la que se podía leer, ¡quiero más!.

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   A nuestra izquierda vimos una pequeña construcción encalada y ambos coincidimos que debía ser un oratorio e intentamos acercarnos a él pero no dimos en ese momento con la vía de acceso y decidimos seguir hacia la Ermita de la Rogativa.

   Una vez en la ermita, descansamos unos minutos, observamos la construcción y al tiempo dejamos en una papelera ciertas basuras que fuimos recogiendo por el camino, fruto de personas desaprensivas que no son capaces de respetar el entorno al que han ido a disfrutar por su riqueza. Allí nos hicimos unas fotografías de recuerdo y cuando nos disponíamos a irnos, apareció una impoluta anciana de rostro gentil y serio pero no triste que nos ofreció ver el interior de la ermita. La seguimos intentando que nuestro calzado hiciera el menor ruido posible al subir por unas escaleras algo laberínticas y que nos condujeron al altar donde celosamente estaba La Santa Madre de Dios con su hijo en brazos y luciendo un bello manto azul y blanco con todo tipo de bordados. Contemplamos el interior de la capilla y nos relató la guardesa que la verdadera virgen que se apareció era la que estaba pintada en una de las paredes ya que la verdadera fue destruida en la guerra a manos de deprensivos de esos que nunca faltan en cualquier guerra. Nos dio unas pinceladas históricas al contarnos que la virgen se le había aparecido a unos lugareños justo en el lugar donde nostros vimos un oratorio y que los murales habían sido limpiados y restaurados a la mitad puesto que la falta de presupuesto hizo que los técnicos abandonaran los trabajos de restauración antes de acabarlos.

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   Agradecidos, nos despedimos de aquella dulce mujer y nuestros comentarios por un rato fueron ensoñaciones y recreaciones de los muchos acontecimientos que se debieron vivir en esa ermita.

   Llegados al tramo final de nuestra ruta las cuestas nos hicieron recordar cual era el motivo de nuestra salida, que no era otro que el de sufrir un poco sobre los sillines subiendo todo tipo de cuestas que nos dejaran el aliento escaso y los poros límpios de tanto traspirar. Las fuimos superando una a una, apretando los puños y los pedales. Recordando que el año pasado habíamos pasado por ese mismo camino y en las mismas fechas, pero esta vez no seguiríamos direccion a Revolcadores sino a Inazares.

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   Una vez coronada la última elevación de nuestro breve periplo, Fernando me propuso acabar de forma poco convencional y nos dirigimos hacia una senda trialera que había descubierto días antes con su compañera haciendo senderismo y nos dejamos caer por una senda que creo que nadie podría imaginar que Fernando y un servidor hubiéramos bajado por allí. Fue algo intenso donde pusimos nuestra habilidad a prueba y gozamos muchísimo.

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   Ya acabada la trialera un sendero nos condujo hasta la parte de atrás del restaurante El Nogal y justo enfrente estaba mi furgoneta esperándonos.

   Finalizamos nuestra andadura con una ración de ciervo estofado, migas con boquerones, lomo, tomate con aceitunas de cuquillo partías y un par de cervecitas muy refrescantes.

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Comentarios

Qué bonitos paisajes. La

Qué bonitos paisajes. La verdad es que aquella es una zona espectacular para la bici de montaña y el senderismo. Gracias por compartir todo esto con nosotros!