Pasado el Santuario de Nuestra Señora La Virgen de Tíscar, patrona de la comarca de Quesada desde el siglo XIV cuando la virgen se le apareció al reyezuelo de Tíscar llamado Mahamad Abdón, nos reunimos con Leandro que había acudido a la cita puntualmente. Sacamos las bicicletas de los coches y en esta ocasión mi furgoneta no estaba presente, fue el coche de Ferma quien se encargó de llevar a nuestras cabalgaduras hasta la sierra jienense de Cazorla. Una vez hechas las presentaciones, pues Leandro es el hermano de Fernando, iniciamos nuestra nueva aventura los Tres Jinetes.
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Creo que es deuda de fidelidad recordar y saludar desde aquí a la anterior montura de ferma, que tantos y tantos kilómetros ha hecho junto a la mía y que posiblemente tarde mucho en volver a ver y mucho más en volver a rodar junto a ella puesto que ahora vive en Córdoba. Creo haber visto a mi habitual compañero mirar de soslayo a su vieja amiga y compañera que ahora rendía fidelidad a su hermano y ver que sus ojillos se humedecían de forma casi inapreciable, tal vez por nostalgia o tal vez de alegría al ver que está en las mejores manos que él pudiera desear.
El periplo comienza escuchando como un día mis dos cicerones intentaron subir a un cerro que quedaba a nuestra vista y que aparentemente es muy sencillo de subir hasta la cumbre, pero la niebla los envolvió y obligoles a dejarse caer cautelosamente siguiendo la pendiente hasta llegar a la base. Antes he dicho que era aparentemente sencillo de subir cuando se mira desde lo lejos pero cuando se pasa por su falda se puede apreciar que la pendiente es endiablada.
El calentamiento de la mañana lo hicimos bajando por un camino de umbrías en el que había algo de barro y mucho verdín. El descenso no era técnico pero las pendientes hacían que el imán de la rueda delantera diera muchas vueltas por minuto. En este tramo nos cruzamos con un pino que tenía forma de tridente y talla suficiente como para serlo de Neptuno. Las arboledas nos llenaban la vista exhibiendo sus mejores formas, los laricios se mostraban cual de ellos más poderos, más inhiestos, más caprichosos, el monte bajo era como la paleta de un pintor, lleno de fantasía y hermosura, las mariposas nos regalaron todos los colores del arco iris y nos dieron calor con su compañía. Así de una manera tan bucólica fuimos subiendo y bajando y siempre conversando sobre lo maravilloso de nuestro encuentro en aquellas tierras. Hubo un momento en el que un tufillo a capra nos inundó las pituitarias pero no vimos a ningún espécimen.
Hubo un debate sobre la especie de buitre que podíamos divisar en las alturas surcando el azul del cielo. Uno bendijo al carroñero como “Buitre Leonado” y otro creó la duda añadiendo que podría ser “Buitre Negro”, tras varios minutos de disertaciones, muy acertadas por ambos bandos, se llegó a la conclusión de que el entorno estaba asignado al primero debido a su conocido anidamiento por aquellos riscos y por lo tanto no podía ser otro buitre que el leonado.
Justo acabando esa interesante charla hicimos un alto en el camino para tomar nuestras primeras recargas energéticas y pudimos ver como un señor estaba sentado en un espacio vallado en el que había mucha hierba y tomaba anotaciones en un cuaderno, aquel, estaba absorto y embelesado en su trabajo y no se percató de nuestra presencia hasta que le dimos los buenos días y le regalamos nuestras mejores sonrisas. En un murete próximo dejamos las bicicletas y nos dispusimos a beber un poco de agua y a comer con fruición nuestros insípidos potingues mientras disfrutábamos con el vuelo de aquellas majestuosas aves que antes cité. Al iniciar la marcha nos abordaron varios vehículos, repletos de turistas, que humeaban de forma desagradable por sus tubos de escape y eso nos hizo apretar el paso y alejarnos de allí.
Nuestra primera fuente de agua serrana fue siguiendo por esa pista forestal por la que encarrilamos la mañana después de las barritas y repusimos los niveles de bidones y mochilas. Agua que dicho sea de paso estaba fresca y deliciosa. En ese tramo pudimos observar como la oruga de la procesionaria estaba causando estragos en la comunidad de coníferas de la sierra y como miles y miles de ellas se alineaban en fila de uno por el camino de la pista forestal ansiosas de llegar a un pino y anidar.
Se acaba la pista y comenzamos el ascenso de “El Gilillo”. Las advertencias fueron propicias pues subir hasta la cumbre es tarea hercúlea que muy pocos son capaces de gestar. Yo fui el primero en poner el pie en tierra, mi corazón no encontraba espacio en mi pecho y quería salir por mi boca, por mis ojos, por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo. Después los hermanos resbalaron en la misma piedra pero muy gallardos saltaron sobre la montura y chino chano subían, subían y subían. El mayor de ambos, ferma, se puso a prueba y no cejó en el empeño. Yo tras una pausa retomé la molienda de café, vamos que seguí con el “molinillo” y fui siguiendo la estela de Leandro. Era una subida que jamás había afrontado, larga, con una pendiente considerable y agotadora. Nuestro guía desapareció de mi vista y mi referencia más próxima decidió bajar de la Kona y seguir a pie para no quedarse sin fuerzas para seguir la mañana. Yo le imité pero mi testarudez me hacía subir una y otra vez en la bici para recorrer escasos decámetros y volver al senderismo. Así pasaban los minutos y aquello parecía no tener fin, pero si que lo tuvo, vaya que si. Acabó cuando vi a Fernando sentado en un risco en una pose que ya hubiera querido Julio Romero de Torres atrapar con su pincel.
Yo quise culminar el Gilillo pedaleando y lo conseguí, además pedí a mis compañeros que me fotografiaran haciéndolo para dejar un recuerdo que no fuese sólo el que mis retinas me ofrecían.
Ya en la cumbre repusimos niveles y llegaron cinco senderistas con los que nos entrevistamos a la par que nos elogiábamos unos a otros por haber llegado hasta ese punto. Nos interrogaron por los pueblos que se divisaban desde allí y como llegar hasta ciertos rincones de la sierra que deseaban conocer y visitar. Uno me dijo que también practicaban ciclismo de montaña pero con bicicletas menos sofisticadas que las nuestras y que tenían un club en su pueblo.
Nos despedimos de forma afable y comenzamos un descenso muy técnico lleno de todo tipo de piedras, saltos y escalones que hacían que los amortiguadores se ganasen el pan. Los márgenes de esa senda eran abismales y había que dejar las valentías para otro día, así que en los lugares que no teníamos claro si nuestra pericia iba a ser suficiente, pues… pies fuera de las calas y a patita. Así y con esas hicimos más del noventa por ciento del descenso sobre el sillín y nos demostramos una vez más que poco a poco vamos haciendo descensos que antes ni nos los hubiésemos planteado. A mitad del camino nos encontramos con una senecta pareja y el caballero en un rancio inglés nos dijo algo así como “¡esto los campeones de mtb lo bajan montados!”, a lo que le respondimos ¿… que si quieres arroz, Catalino…?” . Seguimos bajando y en el tramo final me dejé embargar por el terreno, solté las manetas de freno y comencé a hacer la cabra de manera frenética y gocé muchísimo sintiendo como despegaban mis nuevas cubiertas en algunos saltos y dejaba de sentir el contacto con el suelo. Pero todo acaba y justo al acabar ese frenesí otra pareja de senderistas nos interrogaron sobre como subir al Gilillo y amablemente fueron informados y saludados.
Allí iniciamos otra senda, también de bajada, que discurría por una zona boscosa en la que el equilibrio era la moneda de cambio y donde también hicimos uso de la cordura y nos bajamos en algunos momentos para no caernos de forma innecesaria. Leandro sufrió un pequeño calambre y aprovechamos sus estiramientos para contemplar las inmediaciones, para el que palabras no tengo a la hora de tener que describir la magnificencia del entorno en el que estábamos inmersos, donde mis ojos no dejaban de registrar cada peña, cada acantilado, cada detalle, cada árbol, cada arbusto, cada todo.
Llegamos a un pilón y saciamos nuestras necesidades hídricas. Unos metros más abajo un rebaño pacía bajo la atenta vigilancia de dos mastines blancos. Uno de ellos de con semblante amistoso y mirada aniñada el otro receloso y con cara de pocos amigos. Leandro silbó una bella melodía lanosa y todas las ovejas comenzaron a subir el monte hacia nosotros y aprovechar para beber del pilón. Después de hacer unas fotos y disfrutar de la compañía de ese rebaño rumiante, los del otro rebaño continuamos nuestra marcha. Unos metros después nos cruzamos con el pastor que nos dijo “… no son buenos estos caminos para las becicletas…” en un tono cariñoso y jocoso, a lo que le contestamos con un saludo y unas sonrisas.
El kilómetro veinte lo iniciamos en una pista que nos conducía a unos miradores donde anidan los buitres y los turistas se apiñan para poder verlos volar y de paso con sus coches inundan la sierra y nos hacen sentir malestar. En ese punto las fuerzas ya empezaban a preparar sus equipajes pero con una nueva parada, unos geles y unas barritas rehogadas con agua de la fuente conseguimos convencerlas para que se quedaran en casa y retrasaran sus vacaciones para otro momento.
Hasta ese momento había dos cosas que se repetían en el paisaje, las procesionarias y los pinos laricios. Nos llamó mucho la atención los pocos animales salvajes que habíamos visto y justo en ese momento una lagartija nos hizo un guiño antes de deslizarse por un pedregal.
Abandonamos la pista y tomamos una nueva senda que era un descenso en el que conseguí alcanzar los cincuenta y dos kilómetros y medio y donde la horquilla se ganó el pan de una manera muy ajetreada porque saltos no le faltaban. Este tramo iba alternando grandes bajadas con repechos que nos hacían recordar que aún teníamos que subir esa bajada tan bonita del principio.
El número cincuenta acababa de aparecer en mi cuenta kilómetros y estábamos en plena subida con molinillo en ristre y disfrutando de las pocas fuerzas que nos quedaban. La subida regalaba curvas muy bonitas y piedras que sortear muy curiosas.
Acabé la ruta siguiendo la rueda de Fernando y bajo la amistosa mirada de su hermano que hacía unos segundos había llegado al punto de partida.
Ya en los coches nos dirigimos a Pozo Alcón donde nos esperaban nuestras familias y una mesa repleta de manjares que iban a dejar de serlo al atravesar el umbral de nuestros labios.
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