Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva.....

    Asi canturrean los niños cuando juegan en los días nublados y lluviosos: “Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva….”

    Esta salida ha sido algo distinta, el despertador no ha madrugado, la furgo estaba pertrechada desde la víspera, la mochila repleta de barritas y agua, los ánimos tranquilos y había algo dentro de mi que me inquietaba porque iba a conocer a unos amigos a los que desde hace tiempo conozco, pero no en persona, únicamente cruzamos mensajes en nuestros foros.

    Al llegar a Lorca le pregunté a J3su2 si sabía donde estaba la estación de ferrocarriles y arrugando su mostacho me dijo que mejor sería preguntar a algún paisano, así lo hicimos, fue divertido porque un lugareño nos dijo: “¡Si… la estación!, teneis que seguir recto (y el señor indicaba a la derecha) y al corregirle para confirmar que era a la derecha nos vuelve a decir, ¡Si, recto!”, una vez interpretada la respuesta decidimos interrogar a cualquier otro peatón. Y así fue como llegamos directamente a nuestro punto de encuentro.


    Allí estaban Rueda y parte de sus secuaces esperando al resto de la banda y a todo aquel que quisiera unirse a la recua. Apretones de manos, bocas sonrientes y café caliente para todos. Desde los cristales de la cafetería vimos pasar a nuestro Decano con sus cuidadas barbas y su blanquita impoluta. También vimos pasar una negrita de la mano de un enjuto ciclista vestido del más riguroso negro.

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    Hechas la presentaciones y fotos de rigor, comenzamos la andadura. Para salir de Lorca fuimos pedalenado por una calle peatonal que tenía unos preciosos jardines a ambos lados y que me sugerían seguir rodadondo por un lugar así durante horas, pero nada más lejos de mis deseos, el barro estaba al caer.

    Posiblemente todos los niños de Lorca estaban  cantando la canción de “La Virgen de la Cueva”, porque comenzó a lloviznar y hubo que parar para sacar los impermeables de las mochilas, algunos no fuimos tan precavidos y únicamente habíamos llevado el “corta vientos” ese tan baratico que venden en los grandes almacenes y en menos de cinco minutos estaba empapado como una sopa.

    Los  charcos iban creciendo como la mala hierba y la lluvia arreciando. Mientras, fui conociendo al negro jinete cartagenero, Pedro Muñecas, con quien fui charlando durante un buen tramo. Al llegar a un punto del recorrido éste vio las puertas del cielo abiertas al ver que uno de “los maetros” tenía que volver y se sumó a la expedición porque sus fuerzas no estaban muy acordes con la exigencia del recorrido.

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    Acto seguido el ritmo aumentó y la lluvia también, yo estaba muy preocupado porque aún no estaba curado de un largo proceso infeccioso en las vías respiratorias y aquella lluvía tan fría me estaba helando hasta el pensamiento, durante un rato pensé que estaba en trance porque únicamente me centraba en la cadencia de pedaleo y en seguir al grupo, intentando desconectarme del frío y la humedad que me estaban colonizando de manera brutal. J3su2 sugirió la posibilidad de darnos la vuelta porque pensaba en mi estado de salud y esa opción fue una obsesión durante un rato hasta que llegado el momento de separarnos del grupo, algo dentro de mi ser me dijo que iba a dejar de llover y que la cosa iba a cambiar, así que decidimos seguir al rebaño hasta el final.

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    Efectivamente dejó de llover, me quité el corta vientos y mis brazos comenzaron a secarse y mi camiseta también, y como los reptiles comencé a revivir con el calor.

    El paisaje comenzaba a inundar mi mente y mis sentidos, había tramos en los que el olor a tierra mojada rebozaban mi pituitaria, donde el color de las verdes hojas de los almedros se veían especialmente verdes, el color de la tierra era más oscuro, llegamos a un bosque de una singular especie endémica del levante, el Taray. Nunca había visto una concentración tan extensa de ellos ni los había visto de semejante porte y envergadura y como regalo para la vista estaban en plena floración.

    Estuve charlando con Julián durante un buen rato y los kilómetros a su lado daba igual que fueran cuesta arriba que cuesta abajo, era tan amena la mañana y la charla que las bicis iban por cuentra propia eligiendo los desarrollos sin consultarnos.

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    En un pequeño repecho hicimos un alto para tomar un refrigerio, J3su2 y yo compartimos un bocadillo de pan de ladrillo con tortilla francesa y tomate, aliñada con aceite de Pozo Alcón (Jaén). A partir de ese punto fui correteando de cabo a rabo el grupo y hablando con todo el mundo para ir conociendo a nuestros anfitriones. En uno de estos correteos nos cruzanos con unas sabinas que era imposible no fijarse en ellas, estarían todas cerca de la centena de solsticios y equinocios y salpimentando el paraje también observé algunos almendros que parecían también próximos al siglo. Junto a las ruinas de un cortijo se me empañaron las gafas al ver un eucalipto desmochado pero aún verdeante y bien envarado que me recordó los que habían en la casa cuartel en la que me crié.

    Los kilómetros pasaban y un J3su2 meditabundo dejaba patente que su corazón estaba en Ronda junto a un aguerrido grupo de cabricas de nuestro rebaño que estaban escribiendo sus nombres por tierras malagueñas con los tacos de sus ruedas y firmando con las gotas de su sudor, pues estaban participando en la extensa y dura marcha que organiza la La Legión.

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    Entre pinares llegamos a una senda que conducía al Praico y no esperaba encontrarme un tramo en el que disfrutara tanto y a tantas pulsaciones, era una senda algo técnica en algunos puntos, con una pendiente exigente que no te daba lugar a dudar sino a únicamente pedalear y sin cesar, después de tanto tiempo inactivo esa senda me devolvió la confianza en mis piernas pues aunque no era algo imposible si que había que currarsela bien para poder llegar al final sin poner los pies en tierra. A mitad de la senda escuché, “voy por tu izquierda” y sólo tuve tiempo de ver que era la equipación de uno de los maestros, porque el tío iba como un proyectil, casi me paro a aplaudir. Una vez arriba llegamos a una ermita. Allí estuvimos esperando al resto del contingente que había preferido subir por la pista. Todos reunidos formamos como los de caballería y nos retratamos para dejar un testigo de nuestro paso por allí.

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    Creíamos los que veníamos de Murcia que se habían acabado las subidas y que sólo quedaba bajar, nada más lejos de los que aún quedaba. Al salir de la ermita Mariano y yo nos vimos en la tesitura de elegir camino porque los que iban delante nuestra se habían dividido en una bifurcación, pero pronto una voz, la de Manolo, nos dijo que le siguieramos que la pendiente era más suave y el éxito de la bajada estaba garantizado. Al final del tramo J3su2 esperaba con su cámara y recordándome lo mucho que me gustan las pistas y lo que también me gusta rehuir de las trialeras.

    Tenía ganas de apretar un poco mis piernas y me puse detrás de un maestro que marcaba el ritmo y fui detrás de él mientras que Rueda miraba su GPS, ese, y nos indicaba por donde continuar. Subimos bastantes metros en poco tiempo y pude limar un poco los dientes de mis platos.

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    Ya quedaba poco, Lorca se veía a la diestra y nos dejamos caer por una senda que jamás hubiera pensado, de conocerla, que me hubiera tirado por ella, pero al final la terminé y hasta me gustó. Enlazamos con una rambla que también estuvo muy divertida y como colofón del entusiasmo pasamos por un túnel rizado que me recordó los tiempos del L.S.D., la vista se te volvía loca y el cuerpo se dislocaba. Dos pedaladas más y Jesús “rutas” nos mostró el único tramo de carril bici que hay en su ciudad, nos sonreimos y pensamos en lo dura que es la vida de los políticos.

     Culminamos la expedición en el bar Merien, que nombre tan bonito. Nos sentaron a la mesa y nos cebaron con todos los manjares que en una mesa se puedan poner y nos regaron los ánimos con fresca y espumosa cerveza, parecía que estabamos en un banquete romano y que Baco era quien inspiraba la cocina y las musas de la simpatía correteaban de silla en silla.

    Después de los orujos llegó el momento de las despedidas y justo llegando a la furgonetica noté algo raro en el pedal izquierdo y era que se había salido la biela y sólo me quedaba un pedal para seguir adelante y de forma divertida fui pedaleando con un solo pie hasta llegar donde estaba mi chica esperándonos para llevarnos a casa y darnos una ducha calentita.

    Quiero agradecer a todos y cada uno de los que estuvieron en esta salida su simpatía, camaradería, y buen humor y especialmente a “rutas” que ha sido un guía único y con el que quiero volver a pedalear en un futuro no muy lejano.

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 ¡Gracias a todos por todo!.