
Hoy nos levantamos con una extraña sensación. Por un lado, se ha despejado la incógnita sobre si llegaríamos a Santiago y ahora somos conscientes de que hemos pasado unos dias repletos de situaciones inolvidables, y precisamente porque parece que hace un siglo que partimos de Santo Domingo de la Calzada, estamos deseando regresar y volver con los nuestros.
Pese a la humedad del río y la estrechez de la tienda conseguimos, una vez más, dormir aceptablemente. La tienda está completamente empapada. Como no tenemos nada para desayunar, recogemos y salimos por una empinada pendiente hasta el primer bar del pueblo, que está un kilómetro arriba.
Mientras desayunamos vemos el encierro de los Sanfermines por la tele. Idoia nos dice que mañana ella estará allí, viendolos desde el balcón que su familia alquila todos los años en la calle Estafeta.


Pasamos Arzúa y volvemos a los caminos con encanto, sembrados de pueblecitos. Pese a la proximidad de Santiago, pasamos por bosques frondosos y grandes zonas de eucaliptos. Los peregrinos se suceden continuamente, muchas veces en grupos de más de cincuenta, sobre todo de jóvenes.

Hay unos descensos muy bonitos, Galicia tiene unos caminos para la bici de montaña espectaculares. En uno de ellos, Cerezo pincha. Aunque parezca increíble, es el primer pinchazo de nuestro viaje. Paramos a reparar, mientras Idoia continúa pues tiene algunas molestias en la rodilla. A los cinco minutos de reanudar el camino, hay un nuevo pinchazo, esta vez de Tomás. Es el segundo y último pinchazo de nuestro viaje, con una diferencia de unos minutos. Volvemos a parar, y casi todos los grupos que habíamos adelantado esta mañana nos pasan, por lo que habremos de repetir la tarea de adelantarlos.
Desde que ayer pasáramos el kilómetro 100, unos postes de piedra van anunciando la cuenta atrás. En el 36 alcanzamos a Idoia, que se ha unido a los dos Román, que tras unos kilómetros optan por continuar por la carretera nacional, en lugar de hacerlo por el camino.
Llegamos a la altura del aereopuerto de Lavacolla, cruzamos una autovía y comenzamos el ascenso al Monte del Gozo, con algunas rampas. El monumento que corona la cima del Monte do Gozo, como ya habíamos leído, es algo desangelado. Desde aquí se ve la capital a lo lejos, pero no la Catedral, oculta por una arboleda. El sitio es bastante feo así que, sin ser embargados por el gozo al que su nombre hace referencia, continuamos hacia Santiago.


Entramos a la ciudad a las 12 del mediodía. Hace muchísimo calor, y descubrimos que en esta ciudad todas, todas las calles son empinadísimas. Lentamente nos encaminamos hacia el centro.
Llevamos los ojos muy abiertos, detrás de cualquier esquina puede estar el final de nuestro viaje. Cruzamos un arco y descendemos unos escalones, cuando de repente suenan con fuerza unas gaitas. Durante unos segundos creemos que suenan en nuestro cerebro, pero son dos gaiteros que están en la calle. Así, hacemos nuestra entrada triunfal en la Plaza del Obradoiro.
En este preciso instante Pepe mira su cuentakilómetros, que no ha tocado en todo el viaje, justo cuando marca el kilómetro 700.
La ciudad parece un hervidero. Las calles están abarrotadas de turistas y peregrinos, en la plaza hay una promoción de la Xunta donde nos hacen unas fotos de polaroid. Nos encaminamos hacia la oficina del peregrino, pero tenemos que hacer una parada porque están rodando un spot o una película en la calle.


Tras la pertinente cola, nos sellan nuestra credencial por última vez y nos entregan nuestra Compostelana. Dos de nosotros pedimos la que otorgan cuando el viaje se declara por motivos religiosos, y otros dos la que dan cuando el viaje se ha hecho por motivos más turísitico-deportivos.
Nos dan un plano para situar el albergue, que resulta ser un antiguo Colegio Mayor inmenso, situado al otro lado de un cerro, por lo que hay una considerable pendiente para llegar a él que se nos hace eterna. Es mediodía y está cerrado, pero todo el que sale nos dice que sitio hay seguro, porque hay plantas enteras llenas de camas sin ocupar
Acompañamos a Idoia a la estación de autobuses, donde factura la bici y compra el billete, y de vuelta al albergue sonde, ahora si, dejamos las bicis en las escaleras del sótano.
Nos dan camas en el tercer piso, pese que al subir vemos el resto vacío. Las interminables filas de camas, con sus taquillas de obra y su manta, nos recuerdan alguna película carcelaria. Cuando llegamos a la estancia, completa el cuadro los peregrinos llenos de vendajes, con sus hatillos al pie de las camas, muchos parece que duermen desde hace dias o algo peor.


Comprobamnos que los colchones llevan muuuucha mili, pero aunque antiguo el edificio se mantiene en los límites de lo digno. Nos duchamos y emprendemos la tarea de conocer la ciudad de Santiago de Compostela.
Como cualquier turista, visitamos la Catedral. No podemos acceder al Pórtico de la Gloria porque se está celebrando misa. El botafumeiro está recogido. Abrazamos al santo como manda la tradición, y visitamos el santo sepulcro, bajo el altar.

Compramos algunos recuerdos y nos sentamos en una terraza a tomar algo, hasta el momento de despedirnos de Idoia, que se va en taxi a la estación de autobuses. Esta brava mujer pasará la noche en el autobús y llegará a Pamplona justo a tiempo de ver el último encierro, para desayunar con el baile de la alpargata, como confirmará al dia siguiente con un mensaje de móvil. Ha sido una extraordinaria compañera de viaje.
El albergue cierra a las once, por lo que nos vamos a cenar a base de platos típicos gallegos: los famosos pimientos de Padrón, un extraordinario pulpo a feira y zorza con patacas.
Ya en el albergue coincidimos, tambien con despedida, con los dos Román padre e hijo, y con los dos tipos de Cuenca con los que no hemos tenido muchas palabras, pero que sin embargo esta noche están más habladores.
Sólo nos queda, pues, organizar nuestro regreso a casa. Aunque el viaje ha salido extraordinariamente bien, sin problemas de ninguna clase, todos estamos ya pensando en todo lo que tenemos que contar ahora a los nuestros.

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